USO DE COOKIES

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación.
Si continúa navegando, consideramos que acepta su uso. Puede obtener más información, o bien conocer cómo cambiar la configuración, en nuestra Política de cookies .
[x] CERRAR
 
Inicio | Quienes somos | Contacta | Mapa del portal | Subscripción RSS Subscripción RSS
 
 

Introducción

Del 'Once del fantasma' al 'Once del gasógeno'

 
José Luis Ramos Torres | 1 de marzo de 2016

Carátula del libro El once del gasógeno (GRJ)

Los  republicanos años treinta fueron unos tiempos a los que se les puede definir, aparte de por otras muchas cosas, también por su fantasmagorismo, si se me permite el palabro. Los años de la República son pródigos en fenómenos que antes no se habían visto demasiado ni se repitieron después, y no sólo políticos; y a menudo sin que la existencia o la ausencia de esa forma democrática de gobierno tuviera algo que ver con dichos fenómenos. Uno de ellos fue de carácter espectral, una especie de epidemia de sucedidos paranormales que recorrió toda España. En las crónicas de sucesos de aquellos convulsos años abundan las noticias de fantasmas urbanos, duendes domésticos, aparecidos con nómina, casas encantadas o del miedo y otras ultratumbanas yerbas, de modo que, se podría decir, toda población que se preciara no podía prescindir de un signo de distinción como era un buen espíritu en pena que llevarse a sus miedos cervales. El más conocido de todos fue el “duende de la hornilla”, de Zaragoza, que se entretenía dándole palique a la fámula de una familia a través del fogón de su cocina. En Granada también tuvimos nuestra aparición, no íbamos a ser menos que nadie los granadinos, -¡digo!-, el que se llamó “duende del Darro” («en la playa de los gatos un gato se enganchó en una camisa»).

            Quizás ese sarampión fantasmagoril de la época fue lo que influyó en Escartín para bautizar a nuestro equipo, el Recreativo Granada de 1934, con el término Once Fantasma, que hacía referencia a la irrupción en el balompié patrio, así de improviso, sin que nadie lo esperara ni contara con él y como surgiendo de una oscura esquina de la Piel de Toro, de un modesto club, el Recreativo Granada, un desconocido de apenas  tres años de existencia que ya se codeaba con otros de bastante más solera.

            Lo mismo que algo que en los años treinta estaba a la orden del día e inspiró (es de suponer) a Escartín para usar ese término fantasmal, a nosotros se nos ha ocurrido apodar al Granada de los cuarenta con algo que entonces era también cotidiano, el gasógeno. Ése es para nosotros el “once del gasógeno”, el Recreativo Granada (pronto Granada CF) que, revivido tras el conflicto, viajó tantas veces en vehículos que se movían a base de gasógeno y alcanzó la Primera División.

Porque los años de la posguerra, en algunos aspectos incluso peores que los tres inmediatamente anteriores, los de la guerra, son un tiempo que se caracterizó por las grandes escaseces de productos de primera necesidad que tuvo que padecer el pueblo español. Los años de la larguísima posguerra son por esa causa también los años de los sucedáneos: boniatos en lugar de patatas, algarrobas por chocolate, malta o cebada por café… y gasógeno como sucedáneo de la gasolina. Como gasolina no había ni para abastecer el pequeñísimo (en comparación con el actual) parque móvil nacional, no hubo más remedio que buscarle un sustitutivo. Apareció así el gasógeno, otro de los iconos de aquella negra etapa histórica, y con él los más extraños artefactos en forma de caldera incorporados a las carrocerías o como remolque que permitieran la combustión de carbón, leña o cualquier cosa que al arder produjera los gases (o carburo de hidrógeno) capaces de dar alimentación a los motores previamente adaptados.

            Con el gasógeno y su escaso poder calorífico los coches y los autobuses iban muy despacio y ante la más mínima cuesta arriba tenían los viajeros muchas veces que echar pie a tierra e incluso empujar. También nuestro Once del Gasógeno empezó despacio y consumió dos temporadas de preparación, necesitando en ocasiones dificultosas del empujón de todos los granadinistas para superar las cuestas arriba, pero de esa forma alcanzó en 1941, a los diez años justos de su fundación, a codearse con los grandes durante cuatro temporadas gloriosas.

            Bajo el título “El Once del Gasógeno” hemos pergeñado esta crónica futbolera de lo que fue y lo que le aconteció al club de nuestros amores entre 1939 y 1945, y también hemos pretendido dar cuenta de los sucedidos ciudadanos más notables o que dieron más que hablar en la triste Granada de la posguerra. Una Granada empobrecida y muy provinciana que soportó el azote de las hambres y otras terribles plagas, pero que en lo futbolístico fue de primera durante cuatro inolvidables temporadas.

            La gran tragedia que fue la Guerra Civil, que suspendió la convivencia en España y acabó con tantas cosas, al menos tuvo el efecto positivo en nuestra tierra de frenar lo que en la primavera-verano de 1936 parecía imparable, la defunción del joven club Recreativo, el Once Fantasma, que a su término revivió con muchos más vigor del que nunca había tenido y en sólo dos años se coló en máxima categoría: El Once del Gasógeno.


 

Comentarios:

No existen comentarios para esta publicación

Deja un comentario