El coraje y la modestia, los mejores compañeros de viaje

Inesperadamente, me hallaba en aquel lugar. Sin tener conocimiento ni cómo ni por qué, me sentía un tanto agobiado. Una elegante tela gruesa y fuerte se dispersaba a sus anchas bajo mis pies. La muchedumbre a esa hora del día y en aquel lugar era inmensa. Algunos carcajeaban, festejaban, mientras que otros se echaban las manos a la cabeza. Rápidamente entendí que aquellas mesas sobre las que se hacinaban y aquellos aparatos eléctricos que no dejaban de pestañear y emanar sonidos chirriantes y desagradables eran elementos característicos de un lugar seductor, desconocido para mí experiencia.
La totalidad de aquel lugar parecía ser de un nivel mejor que el mío, incluidos los individuos que allí se habían dado cita. Sus vestiduras dejaban atisbar una categoría de buena posición económica, nada que ver con mi aspecto personal, excesivamente poco aseado y cuidado. Apenas unas deportivas desgastadas por el tiempo, unos vaqueros viejos y una camiseta de manga corta envolvían mi cuerpo.
A pesar de ello, derroté el atolladero inicial y acordé explorar con ahínco aquel desconocido lugar. Después de unos minutos atravesando el local me metí la mano en el bolsillo del pantalón y encontré un puñado de monedas. Tomé la decisión de que tenía que ser osado y arriesgar esas pocas monedas en uno de aquellos aparatos ruidosos con innumerables luces de variados colores. Tras teclear más de un botón sin saber la finalidad de cada uno de ellos, el aparato pareció volverse loco por completo. Entonces, las luces se hicieron todavía más potentes y el sonido lo ocupó todo. Era el eje de las miradas de toda la sala. No comprendía absolutamente nada, pero unos segundos más tarde una fuente de monedas empezó a brotar de la abertura de aquel artilugio. La inquietud me ganó la partida. El corazón palpitaba como jamás lo había hecho en mi exigua existencia. Cogí todas las que pude, incluso las que giraban por aquella selecta moqueta, procurando no abandonar ni una sola y cuando supuse que poseía todas ellas, marché de allí fugazmente.
Siete días después me encontraba en el mismo lugar, pero mi aspecto personal nada tenía que ver con la de aquella primera vez. Ahora llevaba puesto un traje de etiqueta y una discreta fragancia. Me aproximé a un muchacho que transmitía vibraciones positivas y le concedí unas cuantas fichas que había conseguido hace unos minutos. Su semblante expresaba un cierto asombro y acto seguido una sonrisa se le dibujó en la cara. Él en cambio, me concedió dos dados de color rojo, de aspecto impolutos y resplandecientes. Jugué una partida y el susurro que se originó al cabo de unos minutos me hizo comprender que aquel lugar era mi lugar, había vuelto a ganar.
Los triunfos se sucedían semana tras semana. Todo parecía marchar acorde a lo anhelado, pero un día el azar me esquivó la mirada, haciéndome volver al punto de partida con un súbito revés. No fue el primer y único contratiempo. Con el transcurso del tiempo, incluso llegué a poner en cuestión mis aptitudes. Fue entonces cuando reflexioné y me dije que ese lugar no estaba hecho para mí. Había ganado mucho más de lo que había perdido, pero no había hecho gran cantidad de dinero y para logar eso era imprescindible algo más. Un señor que nunca antes había visto se aproximó hacia mí y me murmuró al oído con discreción y sinceridad que un puñado de monedas no bastaban. Me hizo saber que para adquirir aquellas piezas sintéticas que los competidores apilaban como objetos de gran valor, era imprescindible disponer de un buen grosor de dinero en papel.
Su consejo me hizo entender quién era, de dónde venía y lo que me había trasladado hasta aquel fascinante lugar. Pero no podía ahora dar media vuelta y volver a ese humilde apartamento en el que había vivido durante algo más de dos años. El atrevimiento y el deseo ansioso de conseguir riqueza me habían dirigido a palpar el cielo y no podía amilanarme precisamente ahora. Sabía que faltaba lo más difícil, pero allí estaba nuevamente, tratándome de igual a igual con personas influyentes y, por supuesto, con mucho más dinero. Gane o pierda, habré probado que la diferencia no la facilita el dinero, sino el coraje y la modestia.