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El GALLINERO

Impotencia
 
Jesús Albarracín | 26 de noviembre de 2018

Jesús Albarracín (GRJ)

El Granada perdió su primer partido en casa aún siendo superior. Generó casi 50 llegadas a la portería contraria en la primera parte y no perdió la cara cuando le tocaba remontar. Los de Diego Martínez se enfrentaban a un equipo que arrastraba nueve meses sin vencer a domicilio y dos sin sumar tres puntos en lo que va de temporada, pero eso no supuso que se abriese ningún atisbo de confianza o relajación. Fueron intensos, lo intentaron con la posesión del balón y también con jugadas de contraataque en la que pudieron lucir los hombres más veloces. Pero no bastó. Había avisado el técnico del Granada que serían los pequeños detalles los que marcasen las victorias, esos pequeños detalles que afloran en partidos de Segunda División y que terminan colocándote en la zona alta de la tabla. Un error defensivo, el único del partido, costó el 0-1; el resto de jugadas controvertidas las decantó el colegiado Ocón Arráiz.

Ramos marcó el empate y el resto fue cosa del colegiado. En el fútbol no sirve siempre ser superior, puede que sí para tu afición pero no para imponerse en el casillero. Cuando decisiones ajenas a tu voluntad merman tus aspiraciones la resignación y la frustración se abren paso. Ocón no expulsó a un central del Sporting por una agresión evidente sobre Adrián Ramos, tampoco dio por bueno un gol legal del colombiano -puede que entendible por ser una jugada difícil de ver- y no dudó en señalar todas las faltas a favor del equipo asturiano. En el fútbol han existido conspiraciones arbitrales, especialmente en categorías modestas, pero no suele ser habitual. Partimos de la base de que un colegiado llega a cualquier estadio con la premisa de hacer una buena actuación; se permite el margen de error, errar también es humano, pero hasta un punto concreto. No se puede justificar una actuación como la del pasado sábado en el Nuevo Los Cármenes, especialmente en la agresión contra Ramos.

Desconozco el número de errores y aciertos que se le han concedido al Granada en lo que va de curso, pero entiendo el enfado y enojo de la grada. Ver que tu equipo plantea bien los partidos, que expone sobre el césped lo que ensaya y trabaja a diario, y sin embargo cae inmerso en una impotencia tan compartida con los suyos como visible. Alejandro Pozo fue el futbolista que más expuso el malestar en los últimos minutos del partido y Vadillo manifestó un hecho tan flagrante como inédito: “El árbitro llegó a nuestro vestuario y dijo que menos gritos, aquí mando yo”. Cierto, el árbitro es quien decide, es el juez en cada partido. Pero hasta cierto punto. Insisto en que errar es humano, todos se pueden equivocar y eso se justifica especialmente en Segunda División donde el apoyo a los árbitros, todavía sin VAR, es menor que en Primera. Pero no todo vale para defender su labor.

El Granada defiende su propuesta futbolística y si hablamos de entrenadores que son indiscutibles en sus banquillos, Diego Martínez es uno de ellos. Cuesta recordar lo que suponía ir al estadio granadino hace solo una o dos temporadas a lo sumo. El equipo por entonces se desinflaba, pecaba de indolencia y era especialmente vulnerable atrás. Por entonces se hacía autocrítica, como es necesario hacerla  hoy día, porque hay muchas cosas que se pueden y se deben mejorar. Pero ir al Nuevo Los Cármenes esta temporada es otra cosa. El Granada pelea, batalla, juega bien al fútbol y transmite sensaciones que recoge la grada, la misma que sintió la misma impotencia que los hombres que vestían la rojiblanca horizontal.

@JesAlbarracin



 

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