El Mundial 2026 se vive en España y muchos granadinos ya piensan en viajar

Redacción  |  3 de febrero de 2026

En Granada se habla del Mundial 2026 como se habla de los planes que dan vértigo: con una sonrisa nerviosa, con el 'ya veremos' que en realidad significa 'lo estoy deseando'.

Hay algo en ese torneo que suena a cita con el futuro. No porque el fútbol vaya a cambiar de golpe, sino porque la experiencia promete ser distinta: ciudades que se sienten conocidas sin haberlas pisado, estadios que parecen sacados de un videojuego y un calendario que invita a convertir el Mundial en un viaje. Antes de decidir la ciudad, la mayoría revisa las entradas del Mundial por categorías y precios para ver qué estadio encaja mejor en su plan. Plataformas como Hellotickets resuelven las dudas más frecuentes a la hora de comprar entradas en los Estados Unidos. En esa búsqueda —que mezcla ilusión con cálculo— se ordenan los deseos: una sede con playa, otra con rascacielos, otra con promesa de noche larga. También se cuela el motivo deportivo, porque mucha gente en Granada no está ilusionada solo por el mapa de tres países, sino porque España avanza firme como gran candidato y porque asoma una figura que hace que el Mundial se sienta más cercano: Lamine Yamal.

Tres países, un torneo y la sensación de estar ante un 'evento de época'

El Mundial 2026 no se presenta como 'otro Mundial'.

 

Se presenta como una especie de feria gigante repartida entre Estados Unidos, México y Canadá, con la idea de que el viaje puede ser tan protagonista como el partido. No es un detalle menor: cuando un torneo te obliga a elegir ciudad, rutas, conexiones, te empuja a imaginarlo todo antes de tiempo. En Granada, eso se traduce en conversaciones muy concretas: en qué fechas conviene pedir vacaciones, si se puede estirar el presupuesto, si sale mejor una sede u otra. Es fútbol, sí, pero también es logística con corazón.

Y hay una capa simbólica: tres anfitriones convierten al Mundial en un evento más amplio, más diverso, más 'de época' en el sentido cultural. No será solo ir a un estadio; será atravesar un continente que, para muchos, siempre estuvo del otro lado de la pantalla. Esa es parte de la magia: de pronto, el fútbol te da permiso para vivir un lugar que parecía lejano.

El 'por si acaso' que acelera: Messi, Cristiano y el cierre de una era

En Granada, donde las discusiones futboleras pueden durar lo que dure una mesa con cerveza fría, hay un argumento que aparece como latido: 'capaz es el último de Messi y Cristiano'. Nadie lo puede asegurar, pero el Mundial funciona así: es el escenario grande donde las eras se despiden sin avisar. Y el simple pensamiento de estar en ese último capítulo —de verlo en directo, de sentir el ruido del estadio justo cuando pasa algo histórico— empuja a muchos a tomárselo como una oportunidad irrepetible.

Ese 'por si acaso' no es solo nostalgia. Es conciencia. La sensación de que el fútbol también envejece, de que los nombres que hicieron época no van a estar siempre. Para quien creció viendo ese duelo semanal, el 2026 se siente como una frontera. Y cuando una frontera aparece, las excusas se vuelven menos convincentes.

La oportunidad única: viajar a Estados Unidos con una excusa perfecta

Pero lo más importante, lo que realmente sostiene esta ilusión en Granada, no es elegir bando ni coleccionar recuerdos de leyendas. Lo central es que el Mundial 2026 puede ser la oportunidad única para muchas personas que quieren viajar a Estados Unidos.

El torneo aparece como una coartada perfecta para hacer un viaje que, sin fútbol, quizá seguiría en la carpeta de 'algún día'. Porque ir a Estados Unidos tiene esa mezcla de deseo y distancia: suena grande, suena caro, suena complejo. El Mundial lo vuelve narrable, justificable, incluso fácil de contar: 'me voy al Mundial'. Y detrás de esa frase se esconden otras: me voy a ver una ciudad que siempre quise, me voy a caminar calles de película, me voy a tachar un sueño.

En Granada, eso se nota en cómo se imagina el viaje: no como una escapada rápida, sino como una experiencia total. Ver un partido y luego perderse en una avenida. Comprar una camiseta y, el mismo día, probar algo que solo se veía en series. Volver con fotos, sí, pero sobre todo con una historia que no tenga que adornarse. El Mundial funciona como boleto emocional.

España y Lamine Yamal: la ilusión también necesita un equipo que te abrace

La otra mitad de la ilusión es futbolera, y ahí España entra con fuerza. Cuando una selección no solo compite, sino que ilusiona, el torneo se vive distinto. Se mira con esa tensión buena, la que hace que un partido te ordene el día. Y en 2026, mucha gente en Granada siente que España llega con argumentos, con una idea de equipo reconocible y con jugadores que despiertan esa fe que no se compra.

Lamine Yamal es parte de eso. No por marketing, sino porque representa algo que el aficionado entiende sin necesidad de discursos: que hay talento capaz de romper un partido, de cambiar un plan, de convertir un Mundial en una historia personal. El tipo de jugador que te hace pensar 'vale, este torneo sí'. Y cuando el fútbol te da un motivo emocional, la ilusión se vuelve contagiosa.

El Mundial desde casa: pantallas, redes y la intensidad de lo compartido

No todo el mundo va a viajar, y ese hecho no reduce la ilusión: la reorganiza. Porque el 2026 también va a ser el Mundial de la pantalla, de los clips instantáneos, de las reacciones en tiempo real. Habrá quien lo siga por televisión como se siguieron todos, con rutinas y supersticiones. Habrá quien lo viva en redes como si estuviera en la grada, minuto a minuto, con el pulso de la conversación colectiva.

Y si no se viaja, igualmente queda el plan B que en realidad no es menor: vivirlo desde casa, con la intensidad de lo compartido, como se viven las cosas importantes. En 2026, el Mundial será el de los que van… y también el de los que se quedan.

 
 
Advertisement